El proyecto

La palabra LABORINTO

Las palabras laborintus y laborinto no son erratas: fueron acuñadas, en aquellos tiempos que acostumbramos a simplificar llamándolos «medievales», por sesudos clérigos de nombres tan sugerentes como Uguccione de Pisa, Osberno de Gloucester o Gandolfo de Bolonia.

Entre otros muchos testimonios, un Cancionero anónimo sentencia: «Laborinto o laberinto, que es todo una cosa, todo quiere decir una significación, que es labor intus: trabajo de dentro» (citado por Pedro Cátedra en su reciente edición de El laborinto del duque de Cádiz don Rodrigo Ponce de León. Compuesto por Juan de Padilla y publicado la primera vez en Sevilla en 1493).

Por lo demás, como es sabido, el laberinto, cuyos orígenes se pierden en el pasado más remoto, constituye un símbolo inagotable de la condición humana; sus estructuras, mitos y ritos siguen fascinándonos a través de los siglos.

No en balde Friedrich Nietzsche, filólogo y filósofo alemán, sentenció contundentemente en su libro Aurora [Morgenröte, 1881]: «Si quisiéramos tratar de construir una arquitectura acorde con la naturaleza de nuestra alma —aunque somos demasiado cobardes para eso—, el laberinto debería ser nuestro modelo».

Ahora, con la palabra laborinto acompañamos una serie de proyectos de ediciones y actividades culturales que inicia Carlos Saura con su doble propuesta (novela y obra gráfica) de Ausencias.